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domingo, 1 de julio de 2012

LOCURA

- Autora: Jeannelok

- Tipo: Hetero, horror, drama, sobrenatural, +18 (porque es de terror)

- Personaje principal: Seungho (MBLAQ)


CAPÍTULO 2: MENTIRA




Estaban todos agotados. Tenían todavía gasolina y comida, pero estaban agotados, porque no sabían a dónde iban, ni qué iba a suceder a partir de entonces. La idea de un futuro incierto, la falta de conocimiento… los estaba agotando mentalmente. Seungho quería darles esperanza, pagarles su confianza de algún modo, no obstante le resultaba imposible ofrecer algo que no tenía.
¿Qué iban a hacer con sus vidas? Era algo que él también se preguntaba.
-Una casa-anunció de repente la voz de Hyo Ah-. Hay luz.
Seungho estuvo a punto de frenar el coche de golpe, ¿luz? Debía ser el primer edificio que veía que tenía desde hacía mucho… seguramente funcionaría con algún mecanismo que una persona viva debía mantener. Se estaba haciendo de noche… ¿por qué no acercarse?
Esta vez bajó junto a Hyo Ah y Won Gak, no se habían encontrado con ningún zombie por la carretera y si se estaban quietos y tranquilos, dudaba que sucediese nada. Así pues junto a ellos dos se encaminó hacia la casa, ligeramente apartada de la carretera y rodeada por matorrales. Ideal para dificultar su paso a esas cosas.
A medida que iban acercándose, un hedor poco agradable e incluso conocido iba penetrando en sus orificios nasales. Seungho los obligó a detenerse en silencio y con un movimiento de cabeza los mantuvo a su espalda. Se encaminó hacia delante despacio, estaban a pocos metros de los matorrales cuando la imagen que acompañaba a aquella peste lo descolocó totalmente.
Estaban por el suelo, en descomposición avanzada, alguno todavía se movía ligerísimamente. Dos o tres de ellos seguían de pie, intentando alcanzar algo con su boca mientras las cadenas los mantenían bien sujetos a un árbol. Podían observar que alguno de los que descansaban en el suelo se habían partido los brazos (estaban atados a partir de los codos) y por la mitad haciendo eso, sin lograr llegar muy lejos.
-Puede quedar alguno arrastrándose por el suelo, tened cuidado.-susurró. Caminaron despacio hacia la verja de entrada, alterando así a los que seguían de pie. Era entre difícil e imposible que llegaran a alcanzarlos por mucho que se estiraran.
Una vez dentro y hasta la puerta de entrada, aquello parecía una casa normal. Apestosa, pero normal.
-¡Invitados!-una mujer se levantó de una mecedora, sorprendiéndolos porque se ocultaba en la sombra y no la habían visto. Llevaba una mascarilla puesta, seguramente para aguantar el hedor. Vestía una bata de seda roja y negra. Seungho quiso decir algo, sin embargo se sentía tan sorprendido por a situación que su mandíbula se abrió y cerró un par de veces.
¿Qué hacía una casa perdida en la nada?
¿Cómo tenía electricidad?
¿Qué hacían todos esos cadáveres y… y cadáveres caminantes allí atados?
¿Quién era aquella mujer?
-Hacía tiempo que no pasaba nadie por aquí. Bueno sí, los que veis afuera pero no son invitados de mi agrado… pasad por favor, os serviré algo de té…
-Esto…
-Imagino-lo interrumpió. Tenía un moño de precioso cabello negro azabache perfectamente hecho –que tendréis muchas preguntas acosando vuestra cabeza. Las responderé sin problemas… comenzaba a cansarme hablar sola.-antes de abrir la puerta, dirigió una rápida mirada en Seungho. El chico ya había notado que parecía realmente interesada en él.
-No estamos solos. Su familia nos espera.
Seungho había temido que al escuchar que eran más, la mujer los considerase demasiados y los echase de su hogar, sin embargo no fue así. Obligó a los padres de los niños a taparles la cara para que se ahorrasen ver aquella imagen tan terrorífica.
Realmente no sabía qué iban a hacer allí, si era seguro o hasta cuándo podrían quedarse… sin embargo era agradable poder descansar bajo un techo iluminado.
-Los niños y su madre se han dormido, la anciana ha preferido ducharse antes.-la mujer les había ofrecido una habitación para descansar.
Seungho sabía que debía sospechar de tanta amabilidad proveniente de un desconocido en tiempos como aquellos, no obstante…
-Gracias. No sé cómo…
-¿Qué queréis preguntarme?-volvió a interrumpirle, mirándolo de nuevo de aquella manera tan peculiar- Oh, imagino que querréis saber mi nombre, por ejemplo. Haruka, me llamo Haruka.
-Entonces…
-Exacto, soy japonesa. Vine aquí hace quince años tras casarme. Mi marido era militar… y esta casa había pertenecido a su padre. La construyeron con sus propias manos, es preciosa, ¿verdad?
-Su marido…-musitó Won Gak.
-Mi marido murió hace diez años en su servicio-la mujer debía rondar entre la treintena y la cuarentena. Una viuda realmente joven-. Esta casa-redirigió la conversación- utiliza energías naturales como el aire y el sol… mi marido y su padre eran realmente listos y apañados. Y la pregunta que seguramente más os agobia… ¿por qué tengo eso ahí fuera? Para protegerme.
-¿Protegerse? ¿Y si se escapan?- Hyo Ah estaba alarmada. Seungho, por su lado, se imaginaba la respuesta de la mujer mas prefirió escucharla con atención.
-No lo harán. La única manera de que lo consigan es cortarse las muñecas primero y luego partirse por la mitad, a base de estirar. Ya lo habrás visto. Pueden arrastrarse un poco pero no llegar hasta mí así. De todos modos, de pie o en el suelo al final acaban derritiéndose. Son cadáveres, en descomposición y bajo pleno sol… ¿Y que por qué tengo este paripé formado?-sonrió sombríamente- Por el olor. Así, los que se acerquen pasan de largo.
-¿Y cómo… cómo los…?-Hyo Ah no supo formular la pregunta, pero todos la entendieron.
-Conocí a mi marido en Japón cuando ambos ejercíamos nuestro trabajo de militares. A causa de una lesión hace tres años nunca pude volver al servicio, no obstante todavía me sobro y me basto contra eso de ahí fuera.
Las preguntas se terminaron. La conversación tampoco se alargó mucho, pues Won Gak y Hyo Ah no dejaban de bostezar. El primero se fue a dormir al cuarto con su mujer, mientras que la segunda se fue al cuarto con su abuela.
Seungho se preguntó cuántas habitaciones tendría esa casa… ¿iba a ofrecerla una a él también?
-Por tu manera de hablar y moverte, me he imaginado que eres el líder de este grupo.
-No líder… solo…-no sabía muy bien cómo explicarlo- No sabría explicarlo.
-Esa gente confía en ti ciegamente. Eres su líder, lo quieras aceptar o no. Eres un chico inteligente, lo sé… imagino que no habrás pensado que ofreceros mi hogar tan despreocupadamente es debido a un acto altruista, ¿no?
-No tenemos dinero. En realidad solo tenemos algo de comida y gasolina.-sí que se había imaginado que algo querría la mujer. Maldijo haberse vuelto tan confiado, todo por el deseo de descansar… y tener tiempo para pensar en qué harían de entonces hacia delante.
-¿Dinero? ¿Para qué iba a necesitarlo? Y en el almacén tengo comida para dos años al menos. Y no se va a caducar… mujer previsora vale por dos, eso dicen. No, chico. Ambos sabemos qué es lo que quiero y que tú puedas ofrecerme. Podríamos decir que quiero algo parecido a lo que buscan esos de ahí fuera-se levantó de la silla. El sonido de su bata rozando el suelo al caminar puso nervioso a Seungho. La voz de la mujer adoptó un tono aterciopelado, suave, penetrante.
Alargó el brazo y acarició la mejilla de Seungho. Se inclinó sobre él y acercó su boca al oído del chico:
-La única habitación que queda para ti, es la mía.
Se separó de él y comenzó a caminar, esperando que él la siguiera.

Seungho sabía que Haruka estaba haciendo un gran sacrificio al ofrecerles su hogar y comida aunque fuese por una noche. Las cosas en el exterior no eran agradables, y no sabían qué futuro les deparaba. Allí dentro ni siquiera entraba el olor de las cosas atadas a pocos metros…  Pero lo que le estaba pidiendo… ¿cómo iba a rebajarse de aquel modo? A pesar de todo, todavía tenía un resquicio de dignidad que proteger.
No quería hacer eso, pagarle con su cuerpo… le parecía desagradable. Haruka era una mujer atractiva, de eso no tenía duda. No era ella la que le producía rechazo, era hacerlo para pagar su estancia allí.
Se levantó.
No podía dejarse manipular así.
Debía marcharse de allí.
Comenzó a caminar detrás de ella.
Hubiera sido tan fácil marcharse cuando no tenía que responsabilizarse de una familia… no obstante, Seungho sabía que ahora era responsable de sus vidas. Había aceptado aquel peso, y debía cargar con él. No podía dejarlos a su suerte… tampoco sabía cuál sería en realidad estando con él, pero quién sabía… quizá… sobreviviendo solo un día más… solo un día… aquella pesadilla llegara a su fin…

La habitación de Haruka era amplia y prácticamente a conjunto con su bata, la cual de repente descansaba en el suelo. Tal y como supuso, bajo ella la mujer no llevaba nada más que la ropa interior.
-Espero que esto lo quites tú.
No debía pensar en aquello como un pago. No, no lo era. Iba a disfrutar también. Haruka era una mujer que podría enseñarle muchas cosas sobre sexo, atractiva y bien dotada.
Una mujer adulta japonesa, nunca se había acostado con ninguna.
Debía pensar en aquello como placer, olvidarse de la epidemia del exterior. Imaginar que la había conocido en un bar cualquiera tomando una copa. Habían comenzado a hablar y finalmente, con el alcohol llevándolos a la pasión, ella lo había invitado a su casa.
Le desabrochó el sujetador.
No existía muerte, esas cosas… el terror de ser mordido, devorado… nada existía.
No tenía que cuidar de ninguna familia… ¿ Hyo Ah? No existía…
¿Cómo podía resultar más difícil mentirse a uno mismo que a los demás?
Pero esa mentira mantendría a salvo ese resquicio de dignidad que escondía bajo la piel.
Su boca y la de Haruka se encontraron, lucharon, se empujaron. Ganaba ella, ansiosa y deseosa. Seungho comenzó a quitarse la camisa.
No existían… Hyo Ah… muertos… cadáveres…familia…
Esa mentira los protegería. A ellos, y a él.


lunes, 30 de abril de 2012

LOCURA

-  Autora: Jeannelok

- Tipo: Hetero, horror, drama, sobrenatural, +18 (porque contiene escenas de terror)

- Personaje principal: SeungHo (MBLAQ)

CAPÍTULO 1: DEBER





No podía fallar el disparo. Todavía no se había acostumbrado al peso de las armas sobre sus brazos, apretar el gatillo y acertar a la primera parecía prácticamente un milagro cada vez más recurrente...Sin embargo, debía darse cuenta de la realidad y ser fuerte.
Aquella gente confiaba en él.
Por alguna extraña razón se había convertido en el guía de aquel grupo. Quizá porque fue él lo primero que vieron al lograr salir de aquellas cabinas de teléfonos donde se habían visto atrapados, tres en cada una, remetidos como buenamente podían.
En su coche, con apenas gasolina, había pasado cerca llamando la atención, tocando al claxon, corriendo lejos antes de ser atrapado. Dejó el coche abandonado en algún lugar y volvió donde se los había encontrado, vigilando de no ser atrapado por ellos. Un par de veces tuvo que lanzarse al suelo y arrastrarse al encontrarse algunos por el camino, pero por suerte la mayoría estaban siendo atraídos por el coche que pitaba estridentemente.
Finalmente llegó. Seguían remetidos en las cabinas, temerosos de salir, como si no se creyeran poder ser libres. Salieron a trompicones de allí al verlo, sollozando, acercándosele y una de ellos incluso acarició su rostro, incrédulo. Era la mayor, una anciana.
-Pensábamos que no sobreviviríamos. No sabíamos…
-Me propuse ser carnaza para distraerlos pero igualmente hubiera sido…
-Los niños, por nuestros hijos…
Las frases se entrecruzaban. A parte de la anciana había dos niños pequeños de unos doce años, una muchacha joven que debía rondar los veinte y pico y los que debían ser los padres. Una familia entera. Hacía mucho que no veía una familia al completo.
-No hay tiempo para hablar. La noche está al caer y será incluso más peligroso. Tenemos que alejarnos de aquí antes de que vuelvan. Os llevaré al lugar donde vivimos nosotros, pero no puedo… no puedo prometer que podamos manteneros allí mucho tiempo. Como todos lados, es seguro solo durante algún tiempo.
No hubo quejas. Cualquier cosa sería mejor que una cabina. Seungho se pasó el brazo de la anciana por el cuello y apremió al hombre a hacer lo mismo, pues es a la que veía peor. Se preguntó cuánto tiempo habrían estado en aquellos sitios encogidos, aguantando la puerta para no ser abierta, angustiados, escuchando los golpes, los niños encogidos para permitir mayor espacio, a sabiendas de que posiblemente aquellos serían sus últimos momentos de vida. Sus pieles estaban enrojecidas por las horas exponiéndolas al sol y se fijó en las manos del que debía ser el padre de familia, con ampollas, rojas y doloridas por haber estado sosteniendo la puerta para que no la abrieran. Por suerte aquellas bestias eran lo suficientemente idiotas como para dedicarse únicamente a golpear y no dirigirse simplemente a intentar abrir, y los cristales más recios y fuertes de lo que se hubiera pensado en cualquier instancia.
En otro momento se hubiera sentido orgulloso de sí mismo, pero en aquel momento, con el peso de la anciana sobre sí, solo se preguntaba cómo iba a sobrevivir aquella familia. La mujer no iba a aguantar mucho más así, era muy mayor y no podrían protegerla eternamente. Los críos eran débiles, y la madre un manojo de nervios que no les quitaba los ojos y que previsiblemente sería capaz de dar su vida por ellos para protegerlos, pero sin aprender a pelear.
Se acercaban al lugar donde estaban los suyos, estaban llegando pero…
-Maldita sea, no… ¡¡no!!-vociferó, percatándose de lo que había sucedido cuanto más cerca estaban. No podía ser, no…
-¡Se están acercando!-escuchó que gritaba la muchacha del grupo que había rescatado. Era cierto, no había tiempo de lamentaciones. Debían salir de allí por patas, o…
-No…-pudo verlo a lo lejos. Estaba seguro de que algunos podrían haber escapado, otros habrían sido… devorados y otros…transformados. Vio dos a lo lejos, uno medio levantándose y otro arrastrándose, sin piernas que lo sostuvieran.
Carne, carne fresca, carne, comida, comer… podía entender aquello entre los gruñidos. El instinto de supervivencia que les hacía simplemente querer despedazar con los dientes para alimentarse.
Llamó a la muchacha y le pidió que ayudara a llevar a la anciana. Él iba a arriesgarse. Todavía quedaban coches allí, pero tendría que arriesgarse e ir a por ellos. Se volvió hacia ellos para observarlos por última vez, por si eran lo último que veían sus ojos, al menos que recordase una familia entera ayudándose entre ellos.
Le miraron suplicantes a su vez, dependiendo de él. Se armó de valor. Apuntó el arma y salió corriendo. Intentó esquivarlos primero para no desperdiciar armamento, y no crear más bullicio del necesario y que lo atrapasen. En su mente seguía ardiendo la imagen de sus compañeros, mas no podía detenerse por ellos. Debía avanzar, avanzar por sí mismo, por la familia a la que sin pretenderlo, había dado nuevas esperanzas.
Llegó a un vehículo, ellos le seguían así que debía darse prisa o cuando estuvieran sobre él sería difícil arrancarlo. Se fijó prácticamente sin darse cuenta de que faltaban dos coches más, uno de ellos la furgoneta grande. Bien, como supuso algunos habían conseguido escapar.
Logró conectar los cables y arrancó justo cuando el primero de ellos se abalanzaba sobre la puerta. Las ruedas chirriaron contra el suelo, chillando por el repentino despertar y maltrato.
Las primeras estrellas comenzaron a asomar, marcando el final de un nuevo terrorífico día. Llegó hasta donde estaba la familia y los apremió a subir, remetidos como pudieron, la anciana delante para que estuviera más cómoda, los niños estirados sobre los adultos atrás para permitirle visión por los cristales traseros.
Solo pidió dos cosas: no quedarse con gasolina y que el vehículo no se resintiese por la caña que le estaba metiendo.
Después de dos horas finalmente vio algo que parecía adecuado para asentarse. Una gasolinera.
Si tenían suerte todavía debía quedar algo de comida allí, podrían atrancar la puerta e incluso si hubiera alguno de esos bichos por allí, no debían ser demasiados.
Debía arriesgarse, porque su cuerpo comenzaba a resentirse ya que no había probado ni una gota de agua desde la mañana.
Les dijo a las mujeres que se quedasen allí dentro y ofreció al hombre acompañarle. La muchacha más joven fue a negarse, no obstante él le entregó una pequeña pistola que sacó del maletero y se la tendió.
-Si quieres ser de ayuda, quédate aquí. Aunque te esté dando esto, es solo de total y completa emergencia. Si aparece alguno agachaos como podáis y quedaros en silencio y quietas. Pasarán de largo. Recuerda, no hagáis ruido-le explicó. Por otro lado le alargó una navaja al hombre-.Es mejor usar esto.-comentó, colgándose su propia arma y sacando otra navaja. Quería que la chica se quedase el arma porque si escuchaba un disparo significaría que debían acudir en su ayuda de inmediato.
Se acercaron a la gasolinera en silencio, protegiéndose las espaldas mutuamente. La oscuridad era lo peor en aquellos momentos, no obstante sus ojos habían terminado por acostumbrarse a ella.
Dentro reinaba el silencio. Un pie delante del otro, despacio.
La respiración era entrecortada. Notaba el hombro del padre de familia contra el suyo, y rezó porque nada le sucediera o aquella gente quedaría totalmente destrozada.
-¿Cómo se llama?
-Per…Perdona…-le respondió en el mismo tono a media voz que él había empleado.
-Yo soy Yang Seungho, ¿y usted?
-Choi… Choi Won Gak.
-De acuerdo. Muy bien, Won Gak. Vamos a salir de esta, ¿de acuerdo? Tú, yo, y los demás. Debemos ser fuertes.
-Voy a serlo.-a pesar de sus palabras le tembló la voz. Se imaginó que era un simple oficinista, cuya mayor alegría de cada día era terminar el trabajo, llegar a su hogar y encontrarse con su familia.
¿Qué le estaba sucediendo al mundo?
-Muy b…-no pudo terminar de hablar, una sombra moviéndose en la oscuridad y de repente un cuerpo sobre él. Al intentar esquivarlo empujó a Won Gak a quien escuchó golpearse con un mueble, mientras su atacante caía sobre él en el suelo. La saliva caliente de aquel ser entremezclada con sangre podrida gotearon sobre su mejilla y sintió náuseas. Intentó frenarlo con las manos. Con la caída, su navaja había desaparecido de entre sus manos.
-¡¡Won Gak!!-llamó alarmando a su compañero. Mierda, solo escuchaba su respiración alteraba- ¡Won Gak, vamos a vivir, ¿de acuerdo?! Pero para eso, ¡para eso debes ayudarme ahora! ¡Tienes que clavárselo en la cabeza, ¡en la cabeza!-golpeó con las piernas intentando zafarse a la vez que hablaba, pero el ansia de alimentarse de aquel ser era igual o incluso mayo que la suya por escapar- ¡Por favor, Won Gak!- no se escuchaba la respiración. No había sonido. Aquel hombre se había marchado y…
El sonido de un cráneo partiéndose. De una patada alejó el cuerpo de sí y se arrastró hasta quedar lo suficientemente lejos.
-Gracias…-musitó, clavando los ojos en el hombre antes de arrebatar del ser nuevamente muerto la navaja y tendérsela de nuevo- Sigamos investigando, puede no ser el único.


Media hora más tarde llevaron a las mujeres y los niños al interior de la gasolinera. No estaba cien por ciento seguro de que fuera fiable, no obstante habían mirado todos los rincones posibles y no habían encontrado nada. Por si acaso cogieron todo lo posible en la oscuridad de lo que quedaba en la planta baja y subieron a un despacho que había en la parte superior.
Encogidos en un rincón, comenzaron a  devorar. Sin valorar que alguno de los alimentos pudiera estar caducado, y convirtiendo aquellas bolsas de patatas, galletas y semejantes en un auténtico manjar de los dioses.
Seungho se mantuvo a parte, bebiendo y comiendo también. La muchacha se acercó a él.
-Me llamo Hyo Ah. Según mi hermano tú debes de ser Seungho…
-Mm…-no respondió, invitándola a que terminase de hablar.
-Muchas gracias, Seungho. Has salvado a mi familia. Jamás habrá manera de agradecértelo lo suficiente.
-No me lo agradezcas todavía. No hasta que este infierno acabe. Además, siempre podrías verte en la obligación de devolverme el favor, como tu hermano ha hecho antes.
-Entonces te deberé cinco favores. Ya que él te ha devuelto uno, quedarán cinco, uno por miembro de mi familia que has salvado.
-Espero no estar otras cinco veces más en peligro-bromeó, arrancándole una sonrisa a ella-. Pareces una chica valiente.
-Tenemos que…ser valientes.-musitó ella, compungida.
-Hay algo que me ha venido rondando la cabeza, ¿qué hacíais exactamente encerrados en unas cabinas de teléfono en una carretera tan poco transitada?-ella le dio la espalda, sin querer mostrarle su rostro. Seungho lo entendía y prácticamente sin darse cuenta, apoyó a su vez la espalda sobre la de ella. La media melena oscura de la chica le cosquilleó en el cuello.
Notó un estremecimiento por parte de ella ante el contacto.
-En realidad fui con mi madre a ver a mi hermano y a su familia. Nos quedamos a dormir a su casa, y al día siguiente… el caos se desató. Supongo que te pilló como a nosotros, desprevenido. Decidimos escapar justamente por esa carretera por lo intransitada que estaba, huir a… a quién sabe dónde. Llevábamos desde entonces viviendo en el coche, comiendo provisiones, escondiéndonos de ellos igual que antes cuando entrasteis a inspeccionar, durmiendo ahí… Alguna vez nos dábamos el capricho de bañarnos y limpiar la ropa en los lagos que encontrábamos por el camino. Arriesgado pero necesario… e imagina en lo que se convirtió hacer nuestras necesidades. Pero claro, el coche no está hecho para aguantar el trote que le dimos y acabó por dejarnos tirados. Decidimos buscar… no sé, llevamos desde que todo comenzó moviéndonos pero sin saber a dónde. El caso es que como imaginarás… nos vieron, nos persiguieron y acabamos en aquella situación. Creímos que no íbamos a salir de allí… escuché a mi hermano en la cabina con los niños decir que… que él se sacrificaría por ellos pero… pero era arriesgado, ¿sabes? Aunque saliera para distraerlos, ellos podrían colarse… Y yo… yo aguantaba la puerta con mi cuñada. Pudimos usar una mochila para mantenerla cerrada, o no hubiéramos aguantado nada… mi hermano no quiero imaginarme cómo debe de tener las manos… Y el cristal… ¿hasta cuándo iba a aguantar? El hambre y el sueño… esos seres no se cansan nunca… tú… de no haber sido por ti ahora todos nosotros…-el cosquilleo en el cuello volvió junto a la sacudida del cuerpo de Hyo Ah. Seungho se quedó un rato en silencio, dejándola descargar los sentimientos que la invadían. Él los conocía. El miedo, el desconcierto, el ansia… emociones con las garras clavadas fieramente en el corazón y el estómago, desgarrando desde el interior para salir… locura, todo aquello era una maldita locura.
-Aún no sé… qué tipo de honoríficos tengo que usar contigo. Yo tengo veinticinco años.
-¿Veinticinco?-suspiró ella. Su voz era ligeramente ahogada. Sorbió por la nariz- Ya puedes comenzar a llamarme noona.
-Con que noona…-sonrió él- Suena bien. Noona, tengo sueño, ¿qué te parece dejarme dormir unos minutos así?-desde que aquello había comenzado no había dormido como debiera. Agazapado en cualquier lugar, abrazado a su arma como única compañía, turnándose con los demás para vigilar… siempre le habían gastado bromas por sus ojeras. Hacía tiempo que dejaron de hacerlas porque poco a poco aquella sombra oscura se dibujó en los ojos de todos.
Por eso supuso que aquel repentino sueño… las ganas de cerrar los ojos y dejarse arrastrar en los brazos de Morfeo… debían ser por aquel cosquilleo en el cuello, el calor en la espalda… contacto humano, real. Cálido, tan cálido…
Seungho no llegó a escuchar la respuesta de Hyo Ah. De repente solo la oscuridad le rodeaba. Y por primera vez en mucho tiempo sintió algo más que desazón en aquella oscuridad.
El deber… estaba relacionado con el deber. Hasta entonces se había dejado llevar de un lado al otro, siguiendo órdenes para salvaguardar la supervivencia de todo el grupo… y de repente, en un parpadeo, cambiaba la rutina del títere por la del marionetista. Solo una promesa bajo el brazo: salvar a aquella familia… de momento… era lo más parecido que él tenía de una también.